Cuando hablamos de “literatura infantil”, ¿a qué nos referimos exactamente? ¿Hablamos de una categoría editorial? ¿De libros con valores? ¿De textos pedagógicamente diseñados para moldear pequeñas conciencias? ¿O de una verdadera experiencia literaria que también pueden vivir los adultos, si les damos la oportunidad?
Lejos de ser un territorio llano u homogéneo, la literatura infantil y juvenil (LIJ) es un campo en disputa estética, ideológica y política, entre adultos que intentan definir qué deberían leer los niños, cuándo, cómo y para qué. En este breve recorrido —más una invitación que una conclusión cerrada— quiero compartir algunas ideas que me resuenan desde lecturas fundamentales de autores como Marcela Carranza y Michel Tournier. Ideas que nos invitan a soltar certezas y a preguntarnos de nuevo: ¿existe, en verdad, la literatura para niños?
El mito de lo simple
Una de las trampas más extendidas es creer que los libros para niños deben ser “fáciles”. Que sus significados tienen que ser claros, lineales, evidentes. Sin embargo, toda gran obra literaria —para niños o adultos— está llena de pliegues, de ambigüedad, de espacios que no cierran de inmediato. ¿Por qué habríamos de negarles a los más jóvenes ese derecho a la complejidad?
Marcela Carranza relata una experiencia hermosa de mediación con La escoba de la viuda, un libro que despertó en niños de cinco años interpretaciones riquísimas, contradictorias y creativas. ¿La escoba se quemó? Algunos dijeron que no, que quedó enterrada o que usó su magia para escapar. Otros imaginaron que se apagó el fuego y huyó. Ninguna lectura era “correcta”, pero todas mostraban un vínculo activo, emocional e imaginativo con el texto.
Entonces, ¿por qué la escuela insiste tanto en “entender todo”? ¿Por qué nos da miedo que un niño diga “no lo entendí, pero me encantó”? Michèle Petit dice algo clave: los adultos que median lectura también deben animarse a vivir la ambigüedad sin angustia, a disfrutar un texto sin necesidad de dominarlo.
Cuando la literatura deja de ser literatura
Uno de los problemas más visibles y, al mismo tiempo, más naturalizados—de la LIJ es su instrumentalización. Libros pensados “para enseñar valores”, “para trabajar la empatía”, “para fomentar la tolerancia”. Catálogos editoriales con tablas de doble entrada que asocian cada cuento con un valor moral a reforzar.
El problema no es hablar de amistad, de ecología o de derechos. El problema es que eso se vuelva el único objetivo del libro. Como si la literatura solo sirviera si “enseña” algo. Como si tuviera que justificar su existencia bajo un mensaje claro, digerido, aprobado por el sistema escolar o por la corrección política del momento.
Diversos autores advierten que este didactismo, aunque se vista de progresismo, sigue operando como censura. Una censura suave, pedagógica, consensuada, que reduce los textos a “vehículos” de transmisión de valores. Como si los lectores fueran arcilla moldeable. Como si el sentido de una obra debiera estar cerrado de antemano.
¿Y si no hubiera libros “para niños”?
Michel Tournier, un autor francés que escribió dos versiones de su novela Viernes, se sorprendió cuando los editores rechazaron su versión más simple y narrativa por no encajar en los moldes del mercado infantil. Esa experiencia lo llevó a preguntarse: ¿tiene sentido hablar de libros “para niños”?
Los clásicos que todos conocemos —Caperucita, Alicia, Las fábulas de Esopo— no fueron escritos originalmente para el público infantil. Lo que los vuelve accesibles es su claridad, su belleza, su capacidad de decir algo profundo con palabras precisas. Tournier decía que su meta era escribir de forma tan buena, tan pura, que incluso un niño pudiera leerlo.
Esa es una gran pregunta para quienes escribimos o mediamos: ¿escribimos pensando en los lectores como destinatarios pequeños, limitados, moldeables? ¿O como interlocutores válidos, con imaginación, pensamiento crítico, deseo de interpretación?
Los niños leen
Solo se necesita entrar a un aula y escuchar. Los niños leen, interpretan, discuten, contradicen. Se preguntan por los géneros, por el verosímil, por las emociones. Discuten si un cuento da miedo o no, si una historia es real o inventada, si una versión es mejor que otra. Todo eso ocurre si se les da voz. Si la lectura no está secuestrada por el adulto que viene a explicar “de qué se trata”.
Hay maestras que lo entienden. Que eligen libros “inconmensurables”, como los llama Carranza. Libros que abren grietas, que no se pueden cerrar con una única interpretación. Libros que desafían tanto al lector como al mediador.
Frente a esto, ¿qué lugar nos queda a quienes mediamos? Ni el de guardianes del mensaje, ni el de seleccionadores de textos “correctos”. Nuestro rol es más delicado: crear condiciones de lectura que habiliten la interpretación. Invitar, no imponer. Dejar que el lector se convierta, como dice Michèle Petit, en alguien “peligroso”: alguien que escapa del control, que lee lo que no se esperaba, que encuentra lo que no estaba dicho.
La literatura es ambigua, moralmente ambigua también. Como afirmaba Oscar Wilde, “no hay libros morales o inmorales. Los libros están bien o mal escritos”. Si una obra conmueve, genera preguntas, invita a escribir, entonces ha cumplido su misión. Incluso si no entendemos del todo por qué.
¿Existe, entonces, una literatura infantil?
Sí y no. Existe como categoría editorial, como campo de estudios, como tradición. Pero la verdadera literatura infantil —si existe— es aquella que confía en los niños como lectores capaces, que no reduce sus mundos a mensajes. Es aquella que los incluye, no que los aísla en burbujas de lenguaje simple o emociones estandarizadas.
Así que, más que preguntarnos si existe una literatura infantil, podríamos cuestionar: ¿Qué pasaría si dejáramos que los niños leyeran verdadera literatura, sin filtros ni moldes, sin valores preestablecidos, sin miedo?
Para seguir leyendo
Fuentes que me inspiraron a escribir este artículo de blog:
- Algunas ideas sobre la selección de textos literarios (Marcela Carranza)
- La literatura al servicio de los valores, o cómo conjurar el peligro de la literatura (Marcela Carranza)
- ¿Existe una literatura infantil? (Michel Tournier)