Cualquiera que haya leído un cuento a un niño conoce esa magia particular: la atención fija, la respiración contenida y la maravilla ante un mundo que se despliega entre misterios, colores y palabras. A simple vista, los libros ilustrados, y en especial los libros-álbum, parecen historias sencillas que trasmiten mensajes claros. Sin embargo, bajo esa aparente simplicidad se esconde una arquitectura cultural de una complejidad sorprendente.
Estos libros no contienen relatos simples; son artefactos culturales profundos que nos revelan tanto por lo que dicen como por lo que callan. Son un espejo de las tensiones, los ideales y los miedos de una sociedad. A continuación, busco transformar tu manera de entender la literatura infantil con algunas reflexiones tomadas en mi recorrido académico. Confío en que ellas te permitirán ver las historias que se esconden bajo “la” historia.
En primer lugar, la literatura, ya sea para niños o para adultos, se define por una cualidad fundamental: su capacidad de dejar alguna incógnita para develar por parte del lector. Los libros más valiosos no son los que entregan un mensaje cerrado y digerido, sino aquellos donde el sentido no está completamente guiado. En el campo de la literatura infantil y juvenil (LIJ) son aquellos que acercan una invitación a que el niño piense, cuestione y construya su propio significado.
Esta idea contrasta radicalmente con el boom de los libros que tratan sobre las emociones, algo que se ha alejado de la novedad pero permanece en las ventas. Un tipo de obras a menudo criticadas por ofrecer un sentido cerrado y predecible. Codifican las emociones de una manera que se considera obvia —el rojo es la rabia, el amarillo la alegría—, sin dejar espacio para la ambigüedad o la interpretación personal del lector. En ellos no hay nada que descubrir, sino un código plano que aceptar.
Por este motivo, es crucial ofrecer a los niños literatura que los desafíe a pensar. Los libros que generan preguntas en lugar de dar respuestas fáciles son los que forman lectores críticos, capaces de navegar la complejidad del mundo y de sus propias emociones con herramientas que van más allá de una acotada "paleta" temática.
El coro de voces ocultas en cada página
Hace unos días cursé un seminario sobre lo maravilloso en los libros álbum dictado por la Doctora en literatura Mirta Gloria Fernández. En el seminario pude confirmar que toda cultura tiene un conjunto de reglas implícitas, una especie de "molde" invisible que determina qué temas son apropiados para los niños. El filósofo Michel Foucault llamó a este fenómeno formación discursiva: un conjunto de reglas que definen qué es lo que puedo decir y desde qué lugar, quién puede hablar y desde qué lugar puede hacerlo, y si eso que habla puede o no ser legítimo. En esencia, este molde dicta lo que es aceptable contar.
En la LIJ, este molde tiende a excluir o atenuar sistemáticamente ciertos temas considerados incómodos: las desigualdades sociales profundas, la pobreza, el abuso o el sufrimiento cotidiano, entre otros. No es que estas realidades no existan en la vida de los niños, sino que se vuelven, lo que llamaría Fernández, "indecibles" dentro de este marco.
Esta omisión deliberada busca proteger un ideal cultural de infancia y, promueve, según Fernández, toda una "neurosis de la felicidad", una obligación cultural de que todo debe ser positivo. A la sociedad le conviene proteger una narrativa donde está todo bien, aunque la realidad sea mucho más compleja. Este molde invisible es una de las fuerzas más poderosas que modelan las historias que les contamos a los niños. En la literatura infantil opera una formación discursiva muy persistente de que ciertos temas no deben ser tratados, por esto los temas se presentan suavizados o directamente no se presentan.
Por otro lado, comprendí que ningún texto es una isla. Según Mijaíl Bajtín, cada enunciado contiene ecos de otros discursos, voces sociales, ideologías y debates. Es decir, su "heteroglosia" o la multiplicidad de voces que habitan un texto. En efecto, un libro infantil no es la voz única de un autor, sino un coro de las tensiones culturales de su tiempo. A pesar de tratarse de una idea fundamentada, la presencia de lo maravilloso en los libros álbum aún recibe ciertas desestimaciones dentro de los ámbitos académicos.
Leer la heteroglosia de un libro es ir más allá de la anécdota. Es entender que estos libros son artefactos culturales vitales. El análisis no es un mero ejercicio académico, sino la clave para desbloquear las profundas conversaciones sociales e ideológicas que contienen, convirtiéndolos en herramientas indispensables para la discusión y la reflexión.
Los libros infantiles son escenarios complejos donde se negocian las ideas, los miedos y los ideales de nuestra cultura. Leerlos con atención es un acto crucial de conciencia cultural, una forma de ofrecer a los niños una comprensión más honesta y compleja del mundo que habitan.
Ahora te pregunto, ¿qué voces ocultas, qué reglas no escritas y qué historias no contadas descubrirás en tus próximas lecturas?
